La marca de la bruja es uno de esos temas que se mueven entre la historia, el miedo, el cuerpo y el folclore. A veces aparece como una señal terrible, usada para acusar a una persona en los procesos de brujería. Otras veces aparece como una marca íntima, familiar y casi secreta, transmitida dentro de ciertas tradiciones como signo de linaje, sensibilidad o pertenencia a una estirpe mágica.
Esa doble lectura hace que el tema sea especialmente delicado. La misma idea que en un tribunal pudo utilizarse para señalar, desnudar, examinar y condenar a una persona, en la tradición popular puede aparecer como una señal de nacimiento, una marca compartida por varias mujeres de una misma familia o una huella que identifica una herencia espiritual transmitida por vía materna.
Por eso conviene mirar este asunto con cuidado. La marca de la bruja no significa lo mismo en un manual demonológico, en un proceso judicial, en una aldea donde se habla de alguien “señalado”, en una familia que conserva historias de abuelas curanderas o en una corriente actual de brujería que reivindica el linaje femenino como fuente de memoria y poder.
Hablar de la marca de la bruja es hablar del cuerpo como territorio de sospecha, pero también como territorio de memoria.
La marca de la bruja en la historia: cuando el cuerpo se convirtió en una prueba
Durante las grandes cazas de brujas europeas, especialmente en ciertos territorios de la Edad Moderna, la acusación de brujería tenía un problema difícil de resolver: el supuesto crimen era invisible. Si una persona era acusada de haber causado una enfermedad, arruinado una cosecha, provocado la muerte de un animal o dañado a un vecino mediante maleficio, hacía falta convertir esa sospecha en algo que pudiera presentarse ante un tribunal.
Ahí entró en juego la idea de la marca. Algunos demonólogos, jueces y cazadores de brujas creían que el Diablo dejaba una señal física en el cuerpo de quienes habían pactado con él. En los textos y discursos de la época podía aparecer como stigma diabolicum, la marca del Diablo, o como sigillum diaboli, el sello del Diablo. La imagen era profundamente teológica: así como el bautismo cristiano marcaba la pertenencia a Dios, la fantasía demonológica imaginaba una señal invertida que confirmaba la obediencia al Diablo.
Esa supuesta señal podía interpretarse como prueba de pacto, servidumbre o pertenencia a una comunidad diabólica. En algunas zonas se hablaba de la marca del Diablo; en otras, de la marca de la bruja. La idea no funcionó de la misma manera en todos los territorios europeos, pero tuvo una fuerza enorme allí donde jueces y examinadores creían que el cuerpo podía revelar una alianza secreta con el mal.
La lógica era tan brutal como eficaz dentro de aquel sistema mental: si la brujería era difícil de ver, había que buscarla en el cuerpo. Lunares, verrugas, manchas, cicatrices, zonas insensibles, marcas de nacimiento, pliegues de la piel o cualquier irregularidad podían ser reinterpretados como indicios. Un cuerpo normal, con sus señales naturales, pasaba a leerse como un mapa de sospechas.
En algunos procesos, las personas acusadas eran desnudadas, afeitadas o examinadas en busca de esa marca. El procedimiento podía incluir el pinchazo de la piel con agujas o instrumentos similares. Se creía que la marca verdadera no sangraba y no producía dolor. Esto convirtió una prueba absurda en una forma de violencia física y psicológica. El cuerpo de la persona acusada quedaba sometido a la mirada pública, al juicio moral y a un método creado para confirmar lo que muchos ya querían creer.
Lo más inquietante es que casi cualquier resultado podía volverse en contra de quien era examinado. Si aparecía una marca, se interpretaba como indicio de brujería. Si no aparecía, podía seguir buscándose. Si la persona acusada se quejaba de dolor, podía decirse que fingía. Si no reaccionaba por agotamiento, miedo, shock o simple casualidad, se afirmaba que la señal verdadera había sido encontrada. En manos de jueces convencidos o examinadores interesados, el cuerpo dejaba de ser cuerpo y se convertía en trampa.
La marca del Diablo y la fabricación de la sospecha
La marca del Diablo pertenece al imaginario de la brujería demonológica. Según esta visión, la bruja o el brujo no eran solo personas capaces de hacer daño mediante prácticas ocultas. Eran seres que habían renegado de Dios, pactado con el Diablo y recibido una señal corporal como confirmación de ese vínculo. Esa marca funcionaba como una especie de sello perverso: el cuerpo quedaba inscrito dentro de una narrativa de obediencia al mal.
Esta idea tuvo fuerza porque hacía visible una acusación invisible. El maleficio, la alianza demoníaca o el aquelarre eran difíciles de probar, pero una verruga, un lunar o una mancha estaban ahí, sobre la piel. La marca daba al tribunal una sensación de prueba física, aunque en realidad se apoyara en prejuicio, miedo y fantasía persecutoria.
En algunos lugares aparecieron incluso especialistas dedicados a buscar esas señales. Los llamados witch prickers, pinchadores de brujas, especialmente asociados a ciertas cazas en Escocia e Inglaterra, recorrían comunidades examinando cuerpos y pinchando marcas sospechosas. Algunos se presentaban como expertos capaces de reconocer la señal diabólica; otros fueron denunciados o recordados como figuras fraudulentas, interesadas o directamente peligrosas.
El oficio podía ser lucrativo. Un pinchador que encontraba marcas confirmaba las sospechas de la comunidad, reforzaba la autoridad de quienes lo habían llamado y podía cobrar por sus servicios. También circularon acusaciones sobre instrumentos trucados, agujas que se ocultaban en el mango o métodos preparados para fingir que la piel había sido pinchada sin dolor ni sangre. Ese detalle muestra hasta qué punto la supuesta prueba podía fabricarse mediante una puesta en escena.
La historia de la marca del Diablo revela una lección incómoda: una sociedad asustada puede convertir la diferencia corporal en amenaza. Una persona con una marca de nacimiento visible, una cicatriz, una verruga o una zona de piel distinta podía quedar atrapada en una lectura religiosa y judicial creada para condenarla. El cuerpo, en lugar de ser una realidad humana común, se transformaba en expediente.
Conviene matizar también el papel del género. La caza de brujas europea afectó de forma muy intensa a las mujeres en muchas regiones, y la sospecha hacia el cuerpo femenino tuvo una carga cultural enorme. Pero el examen de marcas, allí donde se practicó, podía aplicarse a cualquier persona acusada: mujeres, hombres, jóvenes o ancianos. El factor decisivo era estar bajo sospecha. Después, cada territorio proyectaba sobre ese cuerpo sus propios miedos: misoginia, pobreza, marginalidad, conflicto vecinal, fama de curación, rareza física o mala reputación.
Por eso, cuando hoy hablamos de la marca de la bruja, conviene recordar esta primera lectura histórica: durante las persecuciones, la marca no fue un símbolo bonito ni una señal de orgullo. Fue una herramienta de acusación.
El pezón de bruja y los familiares: una creencia del ámbito anglosajón
Dentro de la historia de las marcas corporales aparece una figura especialmente llamativa: el llamado pezón de bruja. Se trataba de una protuberancia, verruga, lunar, pliegue o irregularidad corporal que algunos examinadores interpretaban como una señal destinada a alimentar a los familiares.
Esta idea conviene situarla bien. El pezón de bruja no fue una creencia universal en toda Europa. Está muy vinculado al ámbito inglés, escocés y, más tarde, a Nueva Inglaterra. Allí tuvo mucha fuerza la figura del familiar: un espíritu ayudante que podía aparecer en forma de animal, como gato, perro, sapo, rata, liebre u otra criatura. Según ese imaginario, el familiar ayudaba a la bruja en sus daños y recibía alimento de su cuerpo, a menudo sangre o fluidos, a través de esa supuesta marca.
En otros territorios europeos, la atención de jueces y demonólogos se dirigió más a la marca insensible, al sello del Diablo, al pacto demoníaco o a las confesiones sobre aquelarres. Las culturas judiciales no fueron idénticas. La brujería inglesa tuvo un lenguaje propio, muy marcado por la presencia de familiares animales y por la búsqueda de señales corporales relacionadas con ellos.
El pezón de bruja revela, además, una inversión simbólica muy fuerte. La capacidad de alimentar, asociada al cuidado, la maternidad y la vida, se deformaba dentro del imaginario persecutorio hasta convertirla en prueba de alianza con criaturas malignas. El cuerpo que nutre se volvía sospechoso. La piel que muestra una diferencia se convertía en puerta para una fantasía judicial.
Ahí se ve con claridad cómo trabajaba la demonología: tomaba aspectos reales del cuerpo humano y los reorganizaba dentro de un relato de amenaza. Una marca normal podía dejar de ser marca. Pasaba a ser indicio. Y cuando una sociedad decide que un indicio confirma su miedo, la defensa se vuelve casi imposible.
Marcas de nacimiento, antojos y señales familiares
Junto a esa historia judicial existe otra tradición muy distinta: la idea de que algunas brujas nacen con una señal en la piel. En muchas creencias populares, una marca de nacimiento, un lunar especial, una mancha que aparece durante los primeros meses de vida o una señal compartida por varias mujeres de una misma familia puede interpretarse como indicio de linaje mágico.
Aquí entramos en otro terreno. Ya no hablamos del tribunal buscando una supuesta prueba del Diablo, sino de la familia, la memoria oral y la lectura simbólica del cuerpo. La marca deja de ser una acusación y se convierte en una señal de pertenencia.
En algunas tradiciones se dice que esa marca puede verse al nacer, pero que con el tiempo se oculta, se atenúa o desaparece. A veces se relaciona con las llamadas manchas de nacimiento o con los “antojos”, esas señales cutáneas que la imaginación popular ha explicado durante siglos de muchas maneras. En la medicina actual, muchas marcas de nacimiento tienen explicaciones físicas y algunas desaparecen solas durante la infancia. En el folclore, sin embargo, esas mismas señales pueden adquirir una lectura completamente diferente.
La tradición mágica suele mirar el cuerpo como un lenguaje. Una marca en la piel puede interpretarse como una memoria, una puerta, una firma familiar o una huella de nacimiento. No todas las corrientes creen en ello, y tampoco existe una regla universal que permita decir que una persona es bruja por tener una señal concreta. La marca funciona más bien como relato de pertenencia: algo que la familia reconoce, nombra y transmite.
En algunos relatos, esa señal se repite en mujeres de la misma línea. Puede aparecer en una zona parecida del cuerpo, tener una forma semejante o manifestarse durante los primeros meses de vida. También puede hablarse de marcas que desaparecen tras cierto tiempo, como si la señal solo tuviera que ser vista por quienes debían reconocerla. La referencia a las nueve lunas resulta especialmente simbólica porque señala un tiempo posterior al nacimiento: un primer ciclo de vida, reconocimiento y protección familiar en el que la marca sería observada antes de ocultarse, atenuarse o desaparecer.
Desde una mirada mágica, esa desaparición no tiene por qué leerse como pérdida. La marca visible cumple su función inicial: señalar el linaje, permitir el reconocimiento y luego retirarse hacia una memoria más sutil. La piel deja de mostrarla, pero la historia familiar la conserva.
Del estigma al linaje: cómo cambió el significado de la marca
El paso de la marca judicial a la marca de linaje necesita una aclaración importante. No estamos ante una continuidad histórica simple, como si las familias de brujas medievales hubieran conservado sin cambios un sistema universal de señales secretas hasta nuestros días. La realidad es más compleja.
La marca del Diablo pertenecía al lenguaje de la persecución. Era una herramienta de sospecha, una manera de convertir el cuerpo en prueba y una pieza más dentro del imaginario demonológico. La marca de linaje pertenece a otro registro: el de la memoria familiar, el folclore, la transmisión oral y la recuperación moderna de la bruja como figura de conocimiento, rebeldía y pertenencia.
Durante los siglos XIX y XX, la imagen de la bruja empezó a reinterpretarse con más fuerza como mujer sabia, heredera de cultos antiguos, guardiana de saberes populares o símbolo de resistencia frente al poder religioso y patriarcal. Autores como Jules Michelet o Charles Leland influyeron en ese cambio de sensibilidad, aunque sus obras deben leerse con prudencia histórica. No todo lo que propusieron puede tomarse como documento directo del pasado medieval, pero sí ayudó a construir una mirada moderna sobre la bruja como figura recuperable, no solo como acusada o monstruo.
Desde ahí, muchas tradiciones contemporáneas han dado un nuevo significado a la marca. Lo que antes fue estigma puede convertirse en memoria. Lo que en un tribunal servía para acusar, dentro de una familia o una corriente espiritual puede expresar reconocimiento, herencia o continuidad. Esta transformación no borra la violencia histórica, pero muestra cómo los símbolos cambian cuando cambian las manos que los interpretan.
La marca de la bruja, leída desde el linaje, ya no habla del Diablo ni de una culpa escrita en la piel. Habla de una pertenencia sentida, de un relato heredado, de una sensibilidad que la persona vincula a sus madres, abuelas, ancestras o mujeres de referencia. En ese tránsito está una de las claves del tema: la misma señal puede ser miedo cuando la mira el perseguidor y memoria cuando la reconoce la comunidad propia.
El linaje materno de las brujas
La creencia en la marca de la bruja suele ir unida a otra idea poderosa: la transmisión por línea materna. En muchas tradiciones populares, el don de la bruja no se entiende como algo aprendido solo en libros, sino como una herencia que pasa de madres a hijas, de abuelas a nietas, de tías a sobrinas o de mujeres mayores a niñas que muestran una sensibilidad especial.
Esta transmisión no siempre se presenta de forma solemne. Muchas veces aparece en lo cotidiano. Una abuela que conoce las plantas. Una madre que sabe quitar el mal de ojo. Una tía que interpreta sueños. Una mujer de la familia que sabe cuándo alguien va a llegar antes de que llame a la puerta. Una frase repetida en la cocina. Una oración antigua. Una forma de cortar una fiebre, de proteger una casa, de bendecir a un niño, de mirar la luna antes de sembrar o de saber cuándo conviene callar.
El linaje materno de las brujas no tiene por qué reducirse a una idea biológica. Hablar de “sangre” en este contexto suele ser una manera simbólica de hablar de memoria, transmisión, sensibilidad y pertenencia. Hay familias donde se heredan recetas, miedos, gestos, formas de rezar, nombres, remedios, sueños repetidos y maneras de interpretar las señales. También puede heredarse una relación concreta con la naturaleza, con los muertos, con los ciclos lunares o con el cuidado de la comunidad.
La marca de nacimiento, dentro de esta visión, sería una señal visible de algo más amplio. No crea el linaje, lo anuncia. No convierte por sí sola a nadie en bruja, pero puede ser interpretada como un signo de continuidad. La verdadera transmisión está en el aprendizaje, la escucha, la práctica, la ética del grupo y la responsabilidad de no usar el conocimiento de cualquier manera.
Por eso conviene diferenciar entre heredar una sensibilidad y desarrollar un oficio mágico. Una persona puede nacer en una familia con tradición, pero necesita aprender. Necesita estudiar, observar, equivocarse, corregir, escuchar a quienes vinieron antes y entender que el conocimiento mágico no se sostiene solo con la sensación de tener un don. El don sin disciplina puede quedarse en intuición dispersa. La disciplina sin respeto por el linaje puede volverse técnica vacía.
Una bruja de linaje es alguien que se hace cargo de lo recibido.
Brujas de sangre, brujas de camino y brujas por aprendizaje
Dentro de la brujería contemporánea se habla a veces de brujas de sangre, brujas de linaje, brujas hereditarias o brujas nacidas. Estas expresiones intentan nombrar a personas que sienten que su vínculo con la magia viene de familia, de una memoria anterior o de una sensibilidad que estaba ahí desde la infancia. Algunas recuerdan sueños intensos, intuiciones tempranas, visiones, facilidad para leer ambientes, conexión con animales, atracción por plantas o una percepción muy fina de lo que ocurre en una casa.
Pero la brujería no se limita al linaje. También existen brujas de camino: personas que llegan a la práctica por búsqueda, estudio, experiencia, crisis vital, llamada espiritual o necesidad de recuperar una relación más profunda con la tierra y con lo invisible. No vienen necesariamente de una familia que conserve tradición mágica, pero se forman, practican, investigan y construyen su propio vínculo con el oficio.
También están las brujas por aprendizaje, aquellas que reciben enseñanza de una persona, una comunidad, una tradición concreta o una línea iniciática. En este caso, la transmisión depende del compromiso, la práctica y la responsabilidad compartida.
Esta distinción ayuda a evitar dos errores. El primero sería afirmar que solo quien nace en una familia de brujas puede ser bruja. Esa idea cerraría el camino a muchas personas que han desarrollado una práctica seria, profunda y respetuosa sin proceder de un linaje familiar reconocido. El segundo error sería despreciar las tradiciones familiares como si fueran simples fantasías. La memoria oral, los remedios transmitidos, los rituales domésticos y las señales familiares han tenido un papel real en la conservación de muchas formas de magia popular.
La marca de la bruja pertenece sobre todo al lenguaje del linaje. Es una forma de decir: hay algo que viene de antes. Hay una memoria que no empezó contigo. Hay una línea de mujeres, visibles o borradas, que dejaron señales en la piel, en los gestos y en la forma de mirar el mundo.
La marca que desaparece: nueve lunas, infancia y secreto
Una de las creencias más sugerentes sobre la marca de la bruja dice que puede verse cuando el bebé nace, pero que desaparece u oculta su forma después de un tiempo. En algunas versiones se habla de nueve lunas de vida, una medida profundamente simbólica porque remite al embarazo, al ciclo lunar y al tránsito entre el vientre materno y la vida fuera de él.
Desde una lectura mágica, esas nueve lunas serían una etapa de reconocimiento. La criatura llega al mundo con una señal visible, la familia la observa, las mujeres mayores la identifican y, después, la marca se retira. Queda el recuerdo. Queda la palabra. Queda la historia contada en voz baja: “cuando nació, traía la señal”.
En el plano médico, muchas marcas de nacimiento se atenúan o desaparecen durante los primeros años. En el plano simbólico, esa desaparición se ha leído a veces como protección. La marca visible puede atraer demasiadas miradas. En tiempos de persecución, cualquier diferencia corporal podía convertirse en peligro. De ahí que algunas tradiciones hablen de ocultar, borrar o velar la señal para que la niña quedara protegida.
Esta parte del folclore es especialmente hermosa porque une ternura y defensa. La marca se oculta para preservar. Se retira de la piel y pasa a la memoria familiar, donde solo quienes deben conocerla la reconocen.
También se habla en algunas tradiciones de rituales para ocultar la marca cuando no desaparece sola. Conviene tratar este punto con prudencia. Históricamente, muchas familias protegieron conocimientos mediante silencio, símbolos y prácticas discretas. En una época en la que una señal corporal podía volverse sospechosa, ocultar una marca podía ser una forma de cuidar a la criatura. En la actualidad, esa idea puede leerse desde el terreno de la bendición, la protección simbólica, el cuidado familiar y el reconocimiento del linaje.
La marca como memoria del cuerpo femenino
La historia de la marca de la bruja revela una tensión profunda: el cuerpo femenino ha sido mirado durante siglos como lugar de poder y, al mismo tiempo, como lugar de sospecha.
El cuerpo que sangra, gesta, pare, amamanta, envejece, desea, sana, enferma y acompaña la muerte ha despertado fascinación y miedo en muchas culturas. Las mujeres que conocían remedios, parteras, curanderas, rezadoras, herbolarias o consejeras comunitarias trabajaban precisamente en esos territorios: nacimiento, enfermedad, fertilidad, protección, duelo, deseo y supervivencia. Allí donde la vida era más vulnerable, ellas tenían una función necesaria.
Esa función podía dar prestigio, pero también podía volverse peligrosa. Una mujer llamada para ayudar en un parto podía ser bendecida si el niño vivía y señalada si moría. Una curandera podía ser buscada por todos en secreto y acusada públicamente en tiempos de crisis. Una mujer con conocimientos de plantas podía salvar una fiebre o ser acusada de preparar venenos. La misma habilidad que sostenía a la comunidad podía convertirse en motivo de sospecha.
La marca de la bruja condensa esa ambivalencia. En la persecución, una marca corporal servía para convertir la diferencia en condena. En el linaje mágico, una marca corporal puede leerse como signo de pertenencia. En ambos casos, el cuerpo habla; lo decisivo es quién interpreta ese lenguaje y con qué intención.
Cuando el poder interpreta la marca desde el miedo, la señal se vuelve estigma. Cuando la familia o la tradición la interpreta desde la memoria, la señal se vuelve herencia.
La ética del linaje: respeto, límites y hermandad
Dentro de muchas tradiciones mágicas, el linaje no se entiende solo como una herencia de dones, sino también como una responsabilidad ética. Recibir un conocimiento familiar implica cuidar cómo se usa, a quién se entrega, cuándo se guarda silencio y de qué manera se honra a quienes lo conservaron antes.
En lenguaje popular podríamos decirlo así: entre brujas no se pisan la escoba. La frase puede sonar ligera, pero expresa una idea profunda. Habla de no sabotear el camino de otra mujer, no apropiarse de su trabajo, no romper su protección, no usar el conocimiento para alimentar rivalidades pequeñas y no olvidar que una bruja aislada puede tener fuerza, pero una hermandad bien tejida tiene memoria, defensa y continuidad.
En las tradiciones de linaje, el poder de una afecta al conjunto. Cuando una mujer desarrolla su conocimiento con disciplina, claridad y responsabilidad, fortalece la línea de la que viene. Cuando usa su práctica para dañar por vanidad, competir de forma mezquina o alimentar conflictos innecesarios, debilita el tejido común. Esta idea aparece de muchas maneras en grupos, hermandades y familias mágicas: el don no está separado del comportamiento.
Eso no significa idealizar a las brujas como seres perfectos. Una bruja puede equivocarse, tener carácter, enfadarse, tomar decisiones duras y defenderse cuando hace falta. La diferencia está en la conciencia del poder. Quien trabaja con fuerzas, palabras, símbolos, intención y energía aprende que cada acto deja huella. La brujería implica saber cuándo actuar, cuándo retirarse, cuándo proteger y cuándo dejar que cada persona afronte las consecuencias de sus propios actos.
La marca de la bruja, si se entiende como señal de linaje, recuerda precisamente eso: pertenecer a una tradición no es llevar un adorno espiritual. Es sostener una responsabilidad.
Qué significa hoy la marca de la bruja
Hoy la marca de la bruja puede leerse de varias maneras. Para la historia, recuerda una práctica persecutoria que convirtió lunares, cicatrices y marcas naturales en supuestas pruebas contra personas acusadas de brujería. Para el folclore, conserva la memoria de señales familiares, antojos, manchas de nacimiento y marcas que se interpretaban como indicios de un don. Para la brujería contemporánea, puede convertirse en símbolo de linaje, diferencia, sensibilidad heredada o reconocimiento interior.
Lo importante es no confundir los planos. Una marca en la piel no demuestra por sí sola que alguien sea bruja. Tampoco una persona necesita una señal corporal para practicar brujería con seriedad. La marca pertenece al lenguaje simbólico, familiar y tradicional. Puede tener sentido dentro de una historia concreta, una genealogía, una experiencia íntima o una comunidad que le da valor, pero no funciona como certificado universal.
Quizá por eso sigue fascinando tanto. Porque toca algo muy profundo: el deseo de saber de dónde venimos, qué hemos heredado y por qué algunas personas sienten desde niñas que miran el mundo de otra manera. La marca de la bruja habla de cuerpos señalados, pero también de memorias protegidas. Habla de persecución, pero también de orgullo recuperado. Habla de miedo, pero también de pertenencia.
Durante siglos, muchas mujeres aprendieron a esconder lo que sabían. Callaron nombres, cambiaron palabras, disfrazaron rezos, ocultaron remedios, guardaron señales y enseñaron solo a quien podía recibir. Tal vez por eso la marca de la bruja, visible o invisible, sigue teniendo tanta fuerza. Porque representa aquello que pudo ser perseguido y, aun así, encontró la manera de seguir vivo.
Una marca puede desaparecer de la piel. Una memoria bien cuidada puede atravesar generaciones.
▼ Recursos Adicionales
Fuentes consultadas
Survey of Scottish Witchcraft, University of Edinburgh. “Glossary” e “Introduction to Scottish Witchcraft”.
McDonald, S. W. “The Devil’s Mark and the Witch-Prickers of Scotland”. Journal of the Royal Society of Medicine, 1997.
Historic Environment Scotland. “The Witchcraft Act and its Impact in Scotland, 1563-1736”.
Parish, Helen. “Paltrie vermin, cats, mise, toads, and weasils: The witch’s familiar in early modern England”. Religions, 2019.
NHS. “Birthmarks”.
Michelet, Jules. La Sorcière: The Witch of the Middle Ages.
Leland, Charles Godfrey. Aradia, or the Gospel of the Witches.
Hutton, Ronald. The Triumph of the Moon: A History of Modern Pagan Witchcraft.
Esta lectura del cuerpo como prueba solo se entiende dentro de la gran maquinaria persecutoria que se desarrolló en Europa entre los siglos XV y XVII, cuando el miedo al maleficio, los tratados demonológicos y los tribunales convirtieron la sospecha en condena.
Únete al círculo de Brujas
Todo sobre brujería, magia, rituales, símbolos, hierbas mágicas, cristales y saberes antiguos, directamente en tu correo o en tu móvil.
