Después de las grandes cazas europeas, Salem parece pequeño en cifras. Y, sin embargo, pocos episodios han marcado tanto la memoria moderna de la brujería.
Entre 1692 y 1693, una comunidad puritana de la colonia de Massachusetts quedó atrapada en una espiral de miedo religioso, acusaciones infantiles, pruebas invisibles y procedimientos judiciales capaces de destruir vidas. Salem no fue el origen de la caza de brujas, pero se convirtió en su símbolo más reconocible: el ejemplo de cómo una sociedad aparentemente ordenada puede quebrarse cuando el miedo sustituye a la justicia.
Juicios de Salem: miedo religioso, acusaciones y caza de brujas en América
Los juicios de Salem, desarrollados entre 1692 y 1693 en la colonia de Massachusetts, constituyen uno de los episodios de caza de brujas más célebres de la historia. Sus cifras fueron muy inferiores a las de las grandes oleadas europeas, pero su fuerza simbólica ha sido inmensa. Salem se convirtió en una advertencia universal sobre el fanatismo religioso, la paranoia colectiva, la fragilidad de las garantías judiciales y el poder destructivo de una comunidad dominada por el miedo.
Para comprender la velocidad con la que se propagó el pánico, es necesario situarse en el mundo mental de la Nueva Inglaterra puritana. Los colonos vivían bajo una presión psicológica intensa: inviernos duros, enfermedades, conflictos fronterizos, tensiones internas, miedo al pecado y una visión religiosa del mundo donde Dios y el Diablo intervenían de forma activa en la vida cotidiana. Para muchas de aquellas comunidades, el bosque no era solo un espacio natural desconocido; podía representar el límite entre la sociedad cristiana ordenada y un exterior asociado al peligro, al desorden y a la amenaza espiritual.
Los puritanos se veían a sí mismos como una comunidad elegida, llamada a construir una sociedad fiel a Dios en un territorio nuevo y hostil. Esa conciencia de misión reforzaba también el temor a la amenaza invisible. Si el proyecto era sagrado, sus enemigos podían interpretarse como fuerzas diabólicas empeñadas en hacerlo fracasar. En ese clima, cualquier conducta extraña, enfermedad repentina o tensión vecinal podía adquirir un significado religioso desproporcionado.
La chispa prendió a comienzos de 1692, cuando varias niñas y adolescentes vinculadas al entorno del reverendo Samuel Parris empezaron a sufrir ataques, convulsiones, trances y comportamientos que los médicos locales no supieron explicar. Entre ellas estaban Betty Parris, hija del reverendo, y Abigail Williams, su sobrina. La comunidad interpretó aquellos síntomas desde el lenguaje espiritual disponible: si el cuerpo de las niñas parecía atacado por una fuerza invisible, esa fuerza podía proceder de la brujería.
Las primeras acusadas fueron mujeres situadas en posiciones vulnerables o incómodas dentro de la comunidad: Tituba, mujer esclavizada en la casa de Samuel Parris; Sarah Good, una mujer pobre que dependía de la caridad, y Sarah Osborne, una mujer enferma y poco integrada en la vida religiosa local. Esa selección inicial resulta reveladora. El pánico no empezó señalando a las figuras más poderosas, sino a quienes ya ocupaban lugares frágiles, marginales o socialmente discutidos.
El verdadero motor legal de la tragedia fue la aceptación de la llamada evidencia espectral. Bajo este criterio, los magistrados admitían como prueba el testimonio de quienes afirmaban que el espectro, la imagen invisible o la forma espiritual de una persona acusada las atacaba, mordía, pinchaba o atormentaba. El problema era evidente: nadie podía defenderse de una acusación basada en algo que supuestamente hacía su espectro mientras su cuerpo permanecía presente ante el tribunal.

La evidencia espectral rompía cualquier posibilidad razonable de defensa. Una acusada podía negar haber hecho daño, pero esa negación no servía si los jueces aceptaban que el Diablo actuaba a través de su forma invisible. La prueba dejaba de estar en los hechos verificables y pasaba al terreno de la visión, el trance, el miedo y la interpretación religiosa. De ese modo, el tribunal convirtió experiencias imposibles de comprobar en materia judicial.
El sistema produjo además una lógica especialmente cruel. Quienes confesaban podían seguir con vida durante un tiempo, porque su confesión servía para alimentar nuevas investigaciones y señalar a otras personas. Quienes mantenían su inocencia, en cambio, quedaban en una posición mucho más peligrosa. La confesión abría la puerta a la delación; la negativa podía interpretarse como obstinación, desafío espiritual o señal de una alianza más profunda con el mal.
Por eso Salem se expandió con tanta rapidez. Cada declaración podía generar nuevos nombres. Cada nuevo nombre abría otra causa. Las acusaciones saltaron de Salem Village a otras localidades cercanas, como Andover, y alcanzaron a personas de perfiles muy distintos. Lo que comenzó con tres mujeres vulnerables acabó implicando a vecinos respetados, miembros de iglesia, familias enteras y figuras de mayor posición social.
El saldo final fue trágico. Al contrario de lo que suele repetir el imaginario popular, en Salem no se quemó a nadie en la hoguera. Siguiendo la tradición legal inglesa, diecinueve personas fueron ahorcadas. Otras murieron en prisión, y Giles Corey, un anciano que se negó a declararse culpable o inocente ante un tribunal que consideraba injusto, murió aplastado bajo grandes piedras mediante el procedimiento conocido como peine forte et dure. Su negativa a someterse al juicio impidió que hubiera una condena formal contra él, y esa decisión tuvo también consecuencias sobre la protección de sus bienes familiares.
El final de la crisis llegó cuando la maquinaria acusatoria empezó a volverse ingobernable. Las dudas sobre la evidencia espectral crecieron, las críticas de algunos ministros se hicieron más fuertes y las acusaciones comenzaron a rozar a personas de mayor prestigio. En octubre de 1692, el gobernador William Phips intervino, frenó el uso de la evidencia espectral y disolvió la corte especial de Oyer and Terminer. En enero de 1693 se creó una nueva corte con criterios probatorios más restrictivos, lo que redujo drásticamente las condenas. En mayo de ese mismo año, Phips concedió el perdón general a las personas que aún permanecían encarceladas.
La comunidad tardó años en asumir el daño causado. Hubo jornadas de ayuno y arrepentimiento, disculpas públicas de algunos participantes, revisión de condenas e indemnizaciones a familias afectadas. Ann Putnam Jr., una de las principales acusadoras, pidió perdón públicamente años después, afirmando que había sido arrastrada por una grave confusión espiritual. La reparación fue tardía e incompleta, pero muestra que Salem no quedó cerrado el día en que terminaron los juicios. Continuó como una herida moral dentro de la memoria de Nueva Inglaterra.
Salem permanece en nuestra memoria porque muestra con una claridad inquietante cómo una sociedad aparentemente ordenada puede devorarse a sí misma cuando permite que el miedo dicte las leyes, que el rumor sustituya a las pruebas y que la necesidad de seguridad destruya la justicia. Su importancia no está en la magnitud numérica de las víctimas, sino en la precisión con la que revela el mecanismo del pánico: una comunidad asustada, una explicación demonológica, tribunales dispuestos a aceptar pruebas invisibles y una cadena de acusaciones que solo se detuvo cuando amenazó con alcanzar a demasiados inocentes.
Entonces, ¿dónde nace realmente la brujería?
La brujería no tiene un único origen. Tiene muchos comienzos, porque nace de corrientes humanas muy distintas que terminaron cruzándose a lo largo de la historia.
Por un lado, nace de una raíz ritual, protectora y ancestral: la relación del ser humano con la naturaleza y con lo invisible. Está en el gesto simbólico ante lo desconocido, en la curación popular que intenta aliviar el cuerpo, en el amuleto que resguarda el hogar, en la palabra pronunciada para pedir protección y en las prácticas cotidianas destinadas a recuperar equilibrio cuando la vida se quiebra. Pero también nace de otra raíz mucho más dolorosa: el miedo social, la necesidad institucional de control, la urgencia colectiva de explicar el sufrimiento y la tendencia humana a buscar un rostro culpable cuando la realidad se vuelve insoportable.
Después de este recorrido, la pregunta inicial ya no puede responderse con un solo lugar, una fecha exacta ni una única tradición. La brujería no tiene un origen simple. Tiene muchos comienzos.
Sus raíces más antiguas se hunden en la relación del ser humano con la naturaleza, con la enfermedad, con la muerte, con los ciclos de la tierra y con aquello que parecía escapar al control ordinario. Antes de que existiera la palabra “bruja”, ya existían el gesto ritual, la palabra protectora, el amuleto, la curación popular, la ofrenda, la maldición, la búsqueda de señales y la necesidad de devolver equilibrio cuando la vida se quebraba.
Con el paso del tiempo, esas prácticas fueron cambiando de forma. En Mesopotamia encontramos algunos de los primeros testimonios escritos contra el maleficio. En Egipto, Grecia y Roma, la magia se movió en una frontera inestable entre protección, deseo, medicina, religión, veneno y daño oculto. Más tarde, con la redefinición teológica del cristianismo medieval, el miedo antiguo al maleficio empezó a interpretarse como posible alianza con el Diablo. Y, en la Edad Media tardía y la Edad Moderna, esa sospecha terminó convertida en una supuesta conspiración demoníaca que costó decenas de miles de vidas en Europa y dejó en Salem uno de sus símbolos más reconocibles.
Por eso la figura de la bruja sigue fascinando hoy. No porque sea un simple personaje de cuento, sino porque concentra una memoria contradictoria. En ella se cruzan el dolor de la persecución, el miedo al daño invisible, la sospecha hacia las mujeres situadas en los márgenes, la desconfianza ante los saberes populares y también la necesidad humana de recuperar autonomía, conocimiento y una relación más profunda con los ciclos de la tierra.
La historia de la brujería nunca empezó con una escoba ni con un caldero en mitad de un aquelarre. Empezó mucho antes, cuando el ser humano miró el mundo con respeto, temor y asombro, sintió que había fuerzas que no podía dominar del todo y buscó una forma de hablar con ellas. A veces lo hizo para sanar, proteger y pedir ayuda. Otras veces, la sociedad usó ese mismo miedo para señalar, perseguir y destruir.
En esa contradicción sigue viviendo la bruja: entre el rito y la acusación, entre la memoria de las víctimas y la fuerza simbólica de quienes hoy reivindican su nombre, entre el temor antiguo a lo invisible y el deseo de comprender aquello que siempre ha estado más allá de lo evidente.
Serie completa sobre el origen histórico de la brujería
Parte 1: Origen de la brujería: de los primeros rituales al miedo al maleficio
Parte 2: Cristianismo y brujería: cómo la magia se convirtió en amenaza demoníaca
Parte 3: Malleus Maleficarum y caza de brujas: el manual del horror en Europa
Parte 4: Juicios de Salem: la caza de brujas que se convirtió en símbolo del fanatismo
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