Origen de la brujería: una historia más antigua que la palabra “bruja”
Hablar del origen de la brujería exige cierta prudencia. La brujería no apareció de repente en un lugar concreto, con una fecha exacta y una forma única de practicarse. Lo que hoy llamamos brujería es el resultado de muchas capas históricas: magia popular, ritos de protección, curación con plantas, adivinación, culto a la naturaleza, miedo religioso, acusaciones sociales y persecución judicial.
Antes de que existiera la palabra “bruja”, ya existía la necesidad humana de relacionarse con lo invisible. Las primeras comunidades miraban el cielo, los ciclos de la luna, el nacimiento, la enfermedad, la muerte, la fertilidad de la tierra, los animales y las tormentas con una mezcla de observación, respeto y temor. La vida dependía de fuerzas que muchas veces escapaban al control humano, y de ahí nacieron gestos rituales destinados a pedir protección, sanar, favorecer la caza, honrar a los muertos o interpretar señales.
Por eso, cuando buscamos el origen de la brujería, debemos distinguir entre dos cosas. Por un lado están las raíces antiguas de la magia, del pensamiento ritual y de las prácticas espirituales vinculadas a la naturaleza. Por otro lado está la figura histórica de la bruja, especialmente la bruja demonizada y perseguida en Europa entre la Edad Media tardía y la Edad Moderna.
La primera pertenece a una historia muy larga de la humanidad. La segunda nace de un contexto religioso, social y político mucho más concreto.
Antes de las brujas: ritual, naturaleza y pensamiento mágico
Las prácticas rituales son tan antiguas como la propia humanidad simbólica. Las pinturas rupestres, los enterramientos, los objetos depositados junto a los muertos, los amuletos y los espacios ceremoniales muestran que nuestros antepasados no vivían la realidad solo desde lo práctico. También intentaban dar sentido a lo invisible, a los ciclos naturales y a los grandes misterios de la existencia.
Aquellas personas no eran “brujas” en el sentido histórico posterior. Resultaría anacrónico llamar brujería a toda práctica ritual antigua. Sin embargo, sí podemos decir que ahí se encuentran algunas de las raíces profundas de lo que siglos después sería interpretado como magia, hechicería o brujería.
La relación con la naturaleza fue fundamental. El fuego, el agua, la luna, las estaciones, los animales, las plantas y la fertilidad de la tierra formaban parte de la supervivencia diaria. Las comunidades necesitaban alimento, salud, descendencia, protección frente a enemigos y respuesta ante la muerte. Allí donde la técnica no alcanzaba, el rito ofrecía una forma de actuar sobre el mundo, calmar el miedo y ordenar lo desconocido.
En ese sentido, la brujería hunde parte de sus raíces en una pregunta muy humana: ¿cómo podemos influir en aquello que parece estar más allá de nuestras manos?
Mesopotamia y el miedo al maleficio: los primeros textos contra la brujería
Si queremos rastrear algunos de los testimonios escritos más antiguos sobre lo que hoy podríamos relacionar con la brujería, el viaje nos lleva a Mesopotamia, a las culturas que florecieron entre los ríos Tigris y Éufrates. Allí, mucho antes de la imagen europea de la bruja perseguida por pactar con el Diablo, ya existía una preocupación muy clara por el daño invisible, el maleficio y la acción oculta de una persona contra otra.

En el mundo mesopotámico, los rituales, la medicina, la adivinación, la religión y la protección espiritual formaban parte de una misma manera de entender la realidad. Había especialistas reconocidos, como el āšipu, encargado de realizar purificaciones, exorcismos y rituales protectores, o el bārû, vinculado a la interpretación de signos y presagios. Estas figuras no actuaban necesariamente al margen de la sociedad; formaban parte de un sistema religioso y cultural donde lo visible y lo invisible estaban profundamente conectados.
El problema aparecía cuando la acción mágica se percibía como dañina. En acadio encontramos el término kišpū, asociado a la brujería, el hechizo o el maleficio perjudicial. No hablamos aquí de la bruja medieval con escoba y aquelarre, sino de una idea mucho más antigua: la sospecha de que alguien podía actuar en secreto para provocar enfermedad, desgracia, discordia familiar, pérdida de bienes o ruina personal.
Esa preocupación aparece incluso en el terreno legal. El Código de Hammurabi, uno de los conjuntos jurídicos más conocidos de la antigua Mesopotamia, recoge una ley relacionada con la acusación de brujería. Si una persona acusaba a otra de haber realizado un hechizo y no podía probarlo, el acusado debía someterse a la ordalía del río. Si el río lo vencía, el acusador tomaba su casa; si salía ileso, se consideraba que el río lo había purificado, el acusador era castigado y el acusado recibía la casa de quien lo había denunciado.
Este detalle resulta muy revelador. La brujería no aparece solo como creencia privada, sino como un miedo con consecuencias sociales, económicas y judiciales. Acusar a alguien de maleficio era algo grave. También lo era ser acusado.
Uno de los testimonios rituales más importantes de esta tradición es el Maqlû, cuyo nombre significa “Quema”. Se trata de una extensa serie de conjuros y acciones rituales contra la brujería. Su finalidad era liberar a una persona que se creía afectada por un daño mágico. El ritual se desarrollaba durante la noche e incluía la recitación de numerosos encantamientos, junto con la destrucción de figuras que representaban a los presuntos causantes del mal.
Estas figurillas podían elaborarse con materiales como arcilla, madera o cera, y eran quemadas ritualmente para romper el poder atribuido al hechizo. El gesto era muy simbólico: destruir la imagen del agresor invisible para deshacer su influencia sobre la víctima. La persona afectada no solo buscaba curación, sino también recuperar una sensación de orden cuando la enfermedad, la desgracia o el sufrimiento parecían no tener explicación.
Mesopotamia nos deja así una enseñanza fundamental para comprender la historia posterior de la brujería. Antes de convertirse en un debate teológico sobre el pecado, el Diablo o la herejía, la brujería fue también el nombre dado al miedo cotidiano a lo invisible. Era la sospecha de que alguien, desde la sombra, podía alterar la salud, la fortuna, la casa o la paz de una familia.
En ese miedo antiguo ya encontramos una de las raíces más profundas de la brujería: la necesidad humana de poner rostro al daño, encontrar una causa para lo incomprensible y realizar un acto ritual que devolviera equilibrio allí donde la vida parecía haberse quebrado.
Magia en Egipto, Grecia y Roma: protección, deseo y maleficio

Al dejar atrás los ríos de Mesopotamia y avanzar hacia las grandes civilizaciones del Mediterráneo, la relación con lo invisible se vuelve aún más rica, compleja y cotidiana. Egipto, Grecia y Roma no entendieron la magia de una sola manera. A veces formaba parte de la religión, la medicina, la protección del hogar o los rituales funerarios. En otras ocasiones aparecía vinculada al deseo, la venganza, el miedo al veneno, la manipulación de la voluntad ajena o el daño oculto.
En el Antiguo Egipto, la magia ocupaba un lugar profundamente integrado en la visión religiosa del mundo. El concepto de ḥeka hacía referencia a una fuerza sagrada y eficaz, relacionada con el poder creador de los dioses y con la capacidad de actuar sobre la realidad mediante palabras, gestos rituales, imágenes, fórmulas y objetos protectores. La magia egipcia no se oponía necesariamente a la religión; muchas veces era una forma práctica de participar en ella.
Un papiro con fórmulas para sanar una picadura, proteger a un niño, acompañar a un difunto o defender una casa de peligros invisibles no tenía por qué verse como algo oscuro. Podía formar parte de una medicina sagrada, de una protección doméstica o de una relación ordenada con las fuerzas divinas. Los amuletos, como el Ojo de Horus o el escarabeo, expresaban esa misma confianza en el poder protector de ciertos símbolos. La palabra, el signo y el objeto podían actuar como defensa frente al caos, la enfermedad o la amenaza.
En Grecia, la magia aparece con un rostro distinto. Por un lado, encontramos prácticas religiosas, oráculos, purificaciones, amuletos y fórmulas protectoras. Por otro, la literatura empieza a fijar figuras femeninas poderosas y ambiguas que marcarán para siempre el imaginario occidental de la hechicera. Circe transforma a los hombres mediante sus pócimas; Medea conoce hierbas, filtros y conjuros; Hécate queda asociada a las encrucijadas, la noche, los espíritus y los límites entre mundos.
Estas figuras no son todavía la bruja medieval perseguida por pactar con el Diablo, pero ayudan a crear un modelo cultural muy poderoso: la mujer que conoce secretos de la naturaleza, domina fórmulas ocultas y puede alterar el destino de quienes se cruzan con ella. En ellas se mezclan fascinación, temor, deseo y sospecha.
Más allá del mito, la magia grecorromana también se practicaba a pie de calle. Uno de los testimonios arqueológicos más claros son las defixiones, también conocidas como tablillas de maldición o tablillas de atadura. Eran pequeñas láminas, muchas veces de plomo, donde una persona escribía una fórmula destinada a “atar”, frenar o perjudicar a otra. Podían dirigirse contra rivales en juicios, competidores deportivos, enemigos comerciales, ladrones o personas deseadas en un contexto amoroso.
Estas tablillas solían doblarse, perforarse o depositarse en lugares vinculados al mundo subterráneo: tumbas, pozos, santuarios, espacios húmedos o lugares asociados a los muertos. La lógica era clara: entregar el mensaje a fuerzas invisibles capaces de actuar donde la persona común no podía llegar. En ellas se ve con claridad una de las caras más persistentes de la magia antigua: el intento de intervenir sobre la voluntad, el cuerpo, la suerte o la palabra de otra persona.
Roma heredó muchas de estas prácticas, pero también desarrolló una preocupación jurídica por el daño invisible, el veneno y las sustancias capaces de matar, alterar o manipular. La Lex Cornelia de sicariis et veneficis, promulgada en época de Sila, castigaba delitos vinculados al asesinato y al envenenamiento. El término veneficium se movía en una zona compleja, porque podía aludir al veneno físico, a la pócima peligrosa o a ciertas prácticas consideradas dañinas.
Este punto es muy importante para entender la evolución posterior de la brujería. En Roma, el problema no era simplemente creer en fuerzas invisibles. El temor aparecía cuando una práctica se asociaba con daño, muerte, manipulación, enfermedad o amenaza para el orden social. La magia protectora podía convivir con la vida cotidiana, pero la magia dañina entraba en el terreno de la sospecha y, en algunos casos, del castigo.
El mundo antiguo nos muestra así una raíz fundamental de la brujería: la frontera inestable entre protección y peligro. La misma planta podía curar o envenenar. La misma palabra podía bendecir o maldecir. El mismo conocimiento podía ser medicina, religión, secreto familiar o amenaza pública.
Por eso Egipto, Grecia y Roma son esenciales en un recorrido sobre el origen de la brujería. En Egipto vemos la magia como fuerza sagrada y protectora. En Grecia vemos nacer algunas de las grandes figuras míticas de la hechicera poderosa. En Roma encontramos el miedo jurídico y social al veneno, al maleficio y al daño oculto.
La brujería posterior se alimentará de todas esas corrientes: la curación, el amuleto, la palabra ritual, la pócima, la maldición, la mujer sabia, la mujer temida, la acusación de daño y el deseo humano de intervenir sobre aquello que parece escapar al control ordinario.
El mundo antiguo no nos entrega todavía a la bruja medieval con escoba, aquelarre y pacto demoníaco. Nos entrega algo anterior y quizá más profundo: la idea de que lo invisible podía proteger, sanar, atraer, bendecir, maldecir o destruir.
Desde Mesopotamia hasta Roma, la magia se movió siempre en una frontera delicada. Podía ser amuleto, medicina, plegaria, palabra ritual o defensa del hogar. Pero también podía convertirse en sospecha, maleficio, veneno, atadura o daño oculto. Ahí nace una de las raíces más antiguas de la brujería: el miedo a que alguien, desde la sombra, pudiera alterar la salud, la suerte, el amor, la fertilidad o la paz de una familia.
En el siguiente capítulo, ese miedo antiguo cambiará de marco. La expansión del cristianismo no borró de golpe las prácticas mágicas ni las costumbres populares, pero sí transformó profundamente la manera de interpretarlas. Lo que antes podía ser remedio, rito o superstición empezó a acercarse poco a poco a una pregunta mucho más peligrosa: si ese poder no venía de Dios, ¿de dónde venía?
Serie completa sobre el origen histórico de la brujería
Parte 1: Origen de la brujería: de los primeros rituales al miedo al maleficio
Parte 2: Cristianismo y brujería: cómo la magia se convirtió en amenaza demoníaca
Parte 3: Malleus Maleficarum y caza de brujas: el manual del horror en Europa
Parte 4: Juicios de Salem: la caza de brujas que se convirtió en símbolo del fanatismo

